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El desafío de volver a pensarnos, “Martín Fierro” de José Hernández

El Eco

Hoy nos toca evocar ese libro que aparece en los diseños de Literatura desde siempre. Clásico argentino. El gran poema nacional. Pareciera que no se puede decir mucho más sobre “Martín Fierro que no se haya dicho ya.

Sin embargo, cada vez que lo leo aparecen preguntas nuevas, inquietudes. Y una angustia que permanece. Es que del poema se pueden perder detalles -uno puede olvidar si el segundo hijo estuvo o no en la frontera, si la mujer muere finalmente o si Picardía venía de acá o de allá- pero si leíste “Martín Fierro”, no se olvida el impacto. La sensación de injusticia y el dolor de ese hombre que lo pierde todo por una guerra de otros, por una Nación que le devuelve poco menos que un taparrabos con que cubrirse, desde lo literal y a lo simbólico, y viceversa.

Su autor, José Hernández, escribió “El gaucho Martín Fierro” en 1872. Por el tono y por el desgarro de la anécdota, la primera parte de la vida de este gaucho es un grito desesperado, alguien que pide que se lo escuche, algo así como cantar (o contar) para desahogar esa “pena extraordinaria” a la que alude en la primera estrofa y que nos anticipa que estamos ante una historia triste. Tenía en su pago “hijos, hacienda y mujer”, animales (el caballo, quizás, elemento de identificación más marcado de un grupo heterogéneo, de origen impreciso, resultado de una confluencia étnica y cultural) pierde todo cuando lo mandan a la frontera con el pretexto de defender la Patria de los ataques del indio. El problema es que encuentra, una vez allí, con una realidad insostenible: los forzaban a trabajar en las tierras del coronel, esas tierras que hacían propias los amigos de los gobernantes de turno cuando avanzaban sobre el “Desierto”. Los gauchos bien podían saberse esclavos: trabajaban mal alimentados y mal vestidos, se enfrentaban al indio sin armas y hasta “en ancas” porque no tenían suficientes caballos. ¿Dónde estaban, en ese momento, los que habían hecho “más promesas que ante un altar”? ¿Cómo se vuelve de ese desencanto? Martín Fierro descubre que “si siquiera figuraba en la lista” y entonces decide desertar. Decide convertirse, quizás en contra de sí mismo, en gaucho desertor. Y aquí comienza su caída.

Lo que desea, principalmente, es regresar a casa. Pero no podía saber entonces que ese hogar ya no existía: “tan solo hallé la tapera” nos cuenta. Es así que toma otra decisión, seguramente consecuencia de la amargura de saberse traicionado. Allí, en ese momento, jura ser “más malo que una fiera” y comienza su etapa como gaucho malevo. ¿Quién puede juzgarlo? ¿Es, acaso, justo, medir con la misma vara el accionar de todos los hombres? Martín Fierro no recibió nada de sus gobernantes, pero estos le exigen VOTAR, lo obligan a un comportamiento cívico que el gaucho no comprende, porque no lo toca: Y en medio de mi ignorancia / conozco que nada valgo (…) / pero también lo que nos mandan / debieran cuidarnos algo (La ida, VI) quien no ve garantizados sus derechos, ¿tiene obligaciones? La tierra que le dio la espalda ahora lo va a juzgar.

No es mi intención justificar los crímenes de Martín Fierro. Se carga una muerte vana, injusta, de índole racial. Varias veces vemos al personaje cometer actos de violencia sobre otros que, paradójicamente, incluso él padece en carne propia: un círculo de violencia sin fin. Martín Fierro es un hombre, y como tal, es sus contradicciones. O, quizás, se trate de que su autor lo convierte en vocero, a través suyo difunde ideología: el gaucho es el varón de la tierra, la conoce más que nadie: es dueño de una sabiduría propia de las civilizaciones más antiguas, aunque ni él mismo sea consciente de esto. No así el inmigrante ni el indio, lo más destratado del poema, ese ser bárbaro, salvaje, inhumano. Casi como si este poema fuese -especialmente, “La vuelta…- la justificación ideológica de la Conquista del Desierto: el gaucho puede y DEBE formar parte del proyecto nacional –Sarmiento no estaba tan de acuerdo…-, el indio debe ser aniquilado. Fierro que, junto a su entrañable amigo Cruz -mi personaje favorito, alma noble que se reconoce a sí mismo en el otro que sufre y da todo hasta las últimas consecuencias- parte hacia las tierras del indio porque “allí no llega el gobierno” y quizás puedan vivir en paz, aunque en la segunda parte “besa la tierra que no pisa el indio” y dice “infierno por infierno, prefiero el de la frontera”. Martín Fierro, finalmente, pareciera asimilar el proyecto de civilización que José Hernández anuncia en el prólogo.

El del personaje es un viaje físico -de su hogar a la frontera, de allí a los indios, volver y buscar la tierra cristiana otra vez- pero también es un viaje espiritual. Quizás sea, una vez más, el deseo de su autor que para cuando publica la segunda parte en 1879 ya es un político activo y parece lógico que aprovechase la fama de la primera parte para difundir sus ideas de “civilización”: Patria, Dios, familia, buenas costumbres y LIBERTAD dentro del respeto a la ley. El resto, fuera. Una historia desgarradora, de injusticia y de denuncia, que termina con un “final feliz”, de reconciliación. Bien por Fierro, pienso yo, y por sus hijos, con los que finalmente se encuentra. Bien por la paz que logra con su pasado.

Pero, atentos: como lectores, no caigamos en la fácil. Al contrario: que este poema sirva para pensar, una vez más, nuestro país. Quiénes formamos “parte” del proyecto, quiénes quedan afuera. El valor de la educación. La responsabilidad compartida. Lo injusta que es la justicia, aunque suene redundante. Y cómo la vara no es igual para todos, lo que se reproduce en todas las épocas, como un vicio de violencia sin fin.

Los clásicos son clásicos porque admiten múltiples lecturas. Quizás, incluso, las demanden. Usemos el “Martín Fierro” para pensarnos otra vez.

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